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Economía Mundial: Convergencia, interdependencia y divergencia A largo plazo el crecimiento de las economías de mercados emergentes y en desarrollo no depende tanto de las economías avanzadas, pero a corto plazo van de la mano

Author(s):
International Monetary Fund. External Relations Dept.
Published Date:
September 2012
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Kemal Derviş

LA MAYORíA de la gente siente que vive en un mundo globalizado integrado. Pero si examinamos la historia reciente, ¿qué podemos decir realmente sobre la naturaleza de esa integración? La economía mundial parece estar caracterizada hoy por tres tendencias fundamentales.

Tres tendencias fundamentales

La primera tendencia es una nueva convergencia. Al recibir el Premio Nobel en 1979, Sir Arthur Lewis, el fallecido economista experto en desarrollo, afirmó: “En los 100 últimos años, la tasa de crecimiento del producto del mundo en desarrollo dependió de la tasa de crecimiento del producto del mundo desarrollado. Cuando el mundo desarrollado crece rápido, el mundo en desarrollo crece rápido; cuando el mundo desarrollado se desacelera, el mundo en desarrollo se desacelera. ¿Es inevitable este vínculo?”

Los datos recientes llevan a pensar que, si bien ese vínculo aún existe, hoy es importante inguir entre tendencias a largo plazo y movimientos cíclicos. Desde 1990 aproximadamente, el crecimiento del ingreso per cápita de las economías emergentes y en desarrollo se ha acelerado de manera sostenible y es sustancialmente superior al de las economías avanzadas. Esto representa un profundo cambio estructural de la dinámica de la economía mundial.

Una segunda característica fundamental de la economía mundial es la interdependencia cíclica. Si bien en los últimos 20 años las tasas de crecimiento tendencial a largo plazo de las economías emergentes y en desarrollo se han “desacoplado” de las registradas en las economías avanzadas, eso no significa que los movimientos cíclicos en torno a la tendencia se hayan desvinculado.

La nueva convergencia y la mayor interdependencia coinciden con una tercera tendencia, relacionada con la distribución del ingreso. En muchos países, la desigualdad en la distribución del ingreso se ha acentuado, y en particular ha aumentado drásticamente la proporción del ingreso que captan quienes más ganan. En Estados Unidos, el 1% más acaudalado prácticamente triplicó su participación en el ingreso en las tres últimas décadas, y hoy dicha participación representa alrededor del 20% del ingreso nacional total (Alvaredoet al., 2012). Al mismo tiempo, aunque la nueva convergencia ha acortado la distancia entre las economías avanzadas y las economías en desarrollo si se las toma como dos agregados, en algunos de los países más pobres hay millones de personas cuyo ingreso se ha mantenido prácticamente estancado durante más de un siglo (véase “Más o menos”, F&D, septiembre de 2011). Estos dos hechos han generado una creciente divergencia entre la gente más rica del mundo y la más pobre, a pesar de la amplia convergencia del ingreso promedio.

Nueva convergencia

La economía mundial ingresó en una nueva era de convergencia alrededor de 1990, cuando el promedio de ingresos per cápita de las economías de mercados emergentes y en desarrollo tomadas en conjunto comenzó a crecer mucho más rápido que en las economías avanzadas. La marcada división entre países ricos y pobres que caracterizó al mundo desde la revolución industrial de comienzos del siglo XIX se está desdibujando. Un interrogante fundamental es si esta nueva convergencia tiene probabilidades de continuar y conducir a una reestructuración fundamental de la economía mundial a lo largo de la próxima década, aproximadamente.

La revolución industrial y el colonialismo dieron lugar a una gran divergencia (Maddison, 2007). Entre comienzos del siglo XIX y mediados del siglo XX, la brecha entre el promedio de ingreso per cápita del “norte”, más próspero e industrial, y del “sur”, menos desarrollado, se incrementó de un factor de 3 o 4 a un factor de 20 o más (Milanovic, 2012). Esa divergencia se atenuó después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el colonialismo llegó a su fin, pero, en promedio, la brecha relativa de ingresos se mantuvo estable entre 1950 y 1990.

Durante las dos últimas décadas, sin embargo, el ingreso per cápita de las economías emergentes y en desarrollo tomadas en su conjunto ha crecido a un ritmo que casi triplica al de las economías avanzadas, a pesar de la crisis asiática de 1997–98.

En los mercados emergentes, el crecimiento se aceleró en la década de 1990, y en los países menos desarrollados, alrededor de comienzos del siglo (véase el gráfico 1).

Gráfico 1Crecimiento y ciclos

Durante las últimas tres décadas, las economías avanzadas, emergentes y en desarrollo han registrado un crecimiento importante, pero también han experimentado fuertes movimientos cíclicos.

(tasa de crecimiento del PIB per cápita, porcentaje)

Fuente: FMI, Perspectivas de la economía mundial, abril de 2012.

El gráfico 2 muestra las tasas de crecimiento tendencial subyacente calculadas con una técnica estadística (el filtro de Hodrick-Prescott) para aislar el movimiento cíclico de la tendencia a más largo plazo. El desacople de la tasa de crecimiento tendencial de los países de mercados emergentes observada a partir de la década de 1990, y en los países en desarrollo durante la última década, es muy notable.

Gráfico 2Diferencia sostenida

Las economías emergentes y en desarrollo están gozando de un ritmo más rápido de crecimiento a largo plazo que las economías avanzadas, especialmente desde fines del siglo pasado.

(tasa de crecimiento tendencial per cápita, porcentaje)

Fuente: Cálculos del autor basados en datos de la edición de abril de 2012 de Perspectivas de la economía mundial del FMI.

Esta nueva convergencia puede atribuirse en gran parte a tres factores.

Primero, la globalización—alimentada por vínculos comerciales más fuertes y mayor inversión extranjera directa—facilita la convergencia del crecimiento porque los países rezagados pueden importar y adaptar tecnología y conocimientos técnicos. Es mucho más fácil adaptar tecnologías que inventarlas.

Segundo, la transición demográfica que experimentaron la mayoría de las economías emergentes y muchas economías en desarrollo al desacelerarse el crecimiento de la población promovió una mayor intensidad del capital y aceleró el crecimiento per cápita. Al mismo tiempo, muchos de estos países vivieron una era dorada cuando la proporción entre la población económicamente activa y la población total tocó máximos. Entre tanto, la proporción de personas de la tercera edad creció significativamente en las economías avanzadas, particularmente en Europa y Japón.

Una tercera causa importante de la convergencia es la mayor proporción del ingreso invertido por los países emergentes y en desarrollo: 27,0% del PIB durante la última década, en comparación con 20,5% en las economías avanzadas. La inversión no solo incrementa la productividad de la mano de obra al proporcionar más capital para trabajar, sino que también puede impulsar una mayor productividad total de los factores—la productividad conjunta del capital y la mano de obra—al incorporar nuevos conocimientos y técnicas de producción y facilitar la transición desde sectores de escasa productividad como la agricultura hacia sectores de gran productividad como la manufactura, lo cual acelera la convergencia de las tasas de crecimiento. Este tercer factor—mayores tasas de inversión—adquiere particular relevancia en Asia, sobre todo en China, aunque no solo allí. Las tasas de crecimiento tendencial aumentaron antes y en mayor medida en las economías asiáticas que en otras economías emergentes.

¿Continuará esta convergencia? Las proyecciones siempre son riesgosas, y algunos de los factores que la sustentaron durante los 20 últimos años podrían perder ímpetu pronto. Gran parte del crecimiento de la manufactura necesario para la convergencia ya ha tenido lugar, y la reasignación de la mano de obra desde sectores de baja productividad hacia los de alta productividad también ha agotado parte de su potencial; en algunos países, ni siquiera la rápida expansión de la actividad manufacturera ha creado mucho empleo, con lo cual ha aumentado la proporción de mano de obra ocupada en actividades de baja productividad (Rodrik, 2011).

Pero la convergencia a la cual nos referimos es la convergencia agregada de las economías emergentes y en desarrollo, y no un análisis en el que se asigna el mismo peso a países muy pequeños, que a países como China, India o Indonesia. A nivel agregado, existe un margen sustancial para el crecimiento de convergencia durante los próximos 10 a 15 años como mínimo. La reasignación de la mano de obra de sectores de baja a alta productividad quizá se desacelere, pero es probable que su reasignación de empresas de baja a alta productividad continúe a un ritmo sólido, incluso dentro de subsectores definidos con criterios estrechos. Los sectores de los servicios, la energía y la infraestructura también podrían ofrecer un gran potencial para la adaptación de nuevas tecnologías. Y con la excepción notable de China, los factores demográficos favorecerán a las economías emergentes y en desarrollo más que a los “viejos” países ricos durante más de una década. Por último, el nivel tan elevado de los coeficientes de deuda de la mayoría de las economías avanzadas restringirá sus políticas macroeconómicas y desalentará la inversión.

Esta convergencia ininterrumpida, aunque quizás algo más lenta, transformará profundamente la economía mundial. Para 2025–30, el ingreso per cápita de muchas economías de mercados emergentes estará mucho más cerca de los niveles de las economías avanzadas, como resultado tanto de los diferenciales de crecimiento como de la apreciación real que probablemente experimenten sus monedas. La economía china indudablemente llegará a ser la más grande del mundo, y las de Brasil e India serán mucho más grandes que las del Reino Unido y Francia.

Esta división más bien pronunciada entre economías “avanzadas” y “pobres” que comenzó con la revolución industrial llegará a su fin, cediendo el lugar a una economía mundial mucho más diferenciada y multipolar.

Interdependencia cíclica

Hubo un momento, particularmente a comienzos de la crisis financiera de fines de 2007 y principios de 2008, en que parecía que los mercados emergentes, y Asia en particular, crecerían con rapidez, al margen de lo que sucediera en Estados Unidos y Europa. Luego, a fines de 2008, el colapso del banco de inversiones Lehman Brothers desató el pánico. La desaceleración de los mercados a escala mundial, incluso en China, despertó la inquietud de que la crisis que había comenzado en Wall Street hiciera colapsar el crecimiento del mundo emergente y en desarrollo.

De hecho, hubo una desaceleración mundial en 2009, y el crecimiento per cápita de las economías de mercados emergentes y en desarrollo se redujo a menos de 1%, y el de las economías avanzadas bajó casi 4%. Pero aquellas se recuperaron con rapidez, y alcanzaron una tasa de crecimiento de 6% en 2010, comparada con el 2,3% de las economías avanzadas. Esa capacidad de resistencia durante la crisis llevó a pensar nuevamente en una divergencia del derrotero de uno y otro grupo.

El gráfico 2 muestra la divergencia de las tendencias de las tasas de crecimiento de ambos grupos: el PIB per cápita de las economías de mercados emergentes y en desarrollo aumentó dos o tres veces más rápido que el de las economías avanzadas, y es probable que así continúe. El gráfico 3 muestra que esa divergencia no se registró en los ciclos en torno a la tendencia. Particularmente desde la crisis asiática de 1997–98, ha habido una interdependencia cíclica que, de hecho, puede haber aumentado (Kose y Prasad, 2010; FMI, 2010). La interdependencia también se ha hecho más compleja, y los vínculos entre las economías en desarrollo son más fuertes. Las fases ascendentes y descendentes de la actividad económica de grandes importadores de insumos primarios como China repercuten de inmediato en las exportaciones de insumos primarios de muchos países en desarrollo.

Gráfico 3Interdependencia cíclica

Pese al desacople de las tendencias de crecimiento a largo plazo, sigue existiendo un fuerte vínculo cíclico entre las economías avanzadas y las economías en desarrollo.

(tasa de crecimiento per cápita, porcentaje)

Fuente: Cálculos del autor basados en datos de la edición de abril de 2012 de Perspectivas de la economía mundial del FMI.

La economía mundial sigue caracterizándose por la interdependencia; en otras palabras, los ciclos económicos de los países trascienden las fronteras. Las economías emergentes y en desarrollo están creciendo con mucha más rapidez que las avanzadas, principalmente gracias a factores que operan del lado de la oferta, como la acumulación a largo plazo de capital, la convergencia tecnológica y la demografía. Pero lo más probable es que los movimientos cíclicos en torno a las tendencias, que están más vinculados a factores de corto plazo que operan del lado de la demanda, estén íntimamente correlacionados. Esta interdependencia mundial se vio reflejada vívidamente cuando el crecimiento mundial cayó a comienzos de este año, una caída que tuvo que ver mucho más con la gestión de la macroeconomía y del sector financiero que con factores a largo plazo vinculados a la oferta.

Esta interdependencia cíclica parece manifestarse principalmente a través de tres canales.

El primero es el comercio internacional. Es lógico prever que, al haber aumentado la proporción que el comercio ocupa dentro de la actividad económica mundial, las variaciones de la demanda de un país resultantes de movimientos macroeconómicos en otro país se intensificarán. Por ejemplo, el efecto de la recesión de un país se hace sentir más allá de las fronteras al reducir la demanda de exportaciones de otros países. En teoría, si el comercio internacional promueve la especialización de la producción, los shocks específicos de un sector tenderán a reducir la interdependencia cíclica. Pero en la práctica, los efectos macroeconómicos en la demanda son mucho más significativos.

El segundo canal son los mercados financieros: complejos, enormes y cada vez más globalizados. Un nuevo informe del FMI mide los “efectos de contagio”—el impacto de las políticas de un país en otro como consecuencia del intenso comercio internacional y los fuertes vínculos financieros que existen en la economía actual—y documenta la importancia del canal financiero. Poniendo como ejemplo la zona del euro, el informe concluye que “los efectos de contagio directos (vinculados al comercio) originados por las tensiones en los países de la zona del euro con programas del FMI son manejables, pero si esas tensiones hicieran dudar de la solidez de los bancos de la zona del euro, los efectos de contagio en el resto del mundo serían profundos, y en muchos casos tan intensos como los resultantes de la caída de Lehman” (FMI, 2011). Según el informe, cuando se desatan tensiones financieras—por ejemplo, debido al colapso de una burbuja de precios de los activos o a un apalancamiento bancario excesivo—, la correlación con los rendimientos de los bonos a largo plazo es mucho más fuerte, lo cual lleva a pensar que la intensidad del canal financiero depende de la situación general de los mercados financieros internacionales. Y las variaciones de la estructura de plazos de las tasas de interés—reflejo de la política monetaria y las condiciones imperantes en los mercados financieros—también pueden influir en el comovi-miento de los ciclos económicos a través de la rentabilidad de las instituciones financieras y las condiciones crediticias (Claessens, Kose y Terrones, 2011).

Por último, parece existir un tercer canal de interdependencia—quizás estrechamente vinculado al segundo, pero menos tangible—que se manifiesta en la propagación mundial de la confianza—los “espíritus animales” keynesianos—e influye significativamente en los mercados financieros y las decisiones de inversión. Las novedades sobre la crisis de las hipotecas estadounidenses de baja calidad parecen haber afectado directamente a los diferenciales de los swaps de riesgo de crédito en los mercados emergentes, sencillamente porque el “sentimiento” de un mercado se propagó a otros (Dooley y Hutchinson, 2009).

Por todas estas razones, el desacople de las tendencias de crecimiento a largo plazo coexiste con una correlación ininterrumpida de los movimientos cíclicos, y los factores mundiales y regionales forman un entramado que crea una economía mundial interdependiente.

Divergencias en la distribución

Además de la amplia convergencia de los ingresos per cápita y la interdependencia cíclica de las actividades económicas de distintos países, la agudización de la desigualdad entre países y entre las personas más ricas y más pobres del mundo parece estar creando una divergencia entre los niveles máximos y mínimos de ingreso: de eso se trata la tercera tendencia fundamental incipiente. A esta evolución de la distribución del ingreso dentro de cada país se suma la falta de avance del ingreso per cápita en un grupo de países muy pobres que no pueden participar en la convergencia general que acabamos de describir.

Sin duda, la convergencia derivada del rápido crecimiento de una gran mayoría de países emergentes y en desarrollo está causando una veloz expansión de la clase media a escala mundial. Sin embargo, una variedad de factores—la naturaleza del cambio tecnológico; la mayor importancia que se asigna a la preparación laboral; la gigantesca expansión del mercado mundial, que le permite a una empresa barrer con la competencia en muchos mercados; la movilidad del capital en contraposición a la relativa inmovilidad de la mano de obra, sobre todo la poco calificada; y la decreciente influencia de los sindicatos—han estimulado la concentración del ingreso en la cúspide de la sociedad en muchos de los países más grandes, tanto avanzados como emergentes y en desarrollo.

Entre tanto, en algunos países muy pobres, que en muchos casos son víctimas de conflictos armados y gobiernos fracasados, cientos de millones de personas tienen ingresos reales no mucho más altos que hace 200 años (Milanovic, 2012). En ese sentido, existe en la economía mundial una divergencia nueva y enorme, con dimensiones tanto internacionales como nacionales. Tomando el mundo en su totalidad, los extremos de la distribución del ingreso se han distanciado.

En muchos países, la drástica divergencia entre el 1% con el ingreso más alto y el resto de la población constituye una nueva realidad, que se observa claramente en Estados Unidos y algunos países anglófonos, y en menor medida en China e India. Lo que no se ve con tanta claridad en los datos es si esta nueva hiperconcentración en lo más alto de la pirámide de ingresos es un fenómeno verdaderamente mundial. La base de datos World Top Income (Alvaredoet al., 2012) muestra que, al menos hasta 2007, en Europa continental y Japón no se produjo el mismo desplazamiento del ingreso hacia el tope de la distribución. Pero como las causas de la concentración son más bien mundiales y las políticas nacionales no pueden contrarrestarlas del todo, lo más probable es que esta concentración en los estratos superiores aumente. Por ejemplo, la remuneración de las cúpulas ejecutivas de empresas de Alemania y de los Países Bajos estuvo subiendo con gran rapidez ya durante la última década (Fabbri y Marin, 2012). Y la crisis de la zona del euro y las políticas de austeridad que la acompañan probablemente agudicen la desigualdad en Europa, a medida que las restricciones presupuestarias recorten el gasto social mientras que la movilidad de los capitales y de los profesionales mejor preparados hace que sea difícil en la práctica aumentar los impuestos que paga la población más acaudalada.

Esta nueva divergencia de la distribución del ingreso quizá no siempre implique una mayor desigualdad en todas las partes de una distribución nacional. Pero sí constituye una concentración del ingreso y, a través de este, de la influencia política que pueden ejercer los estratos más altos de la sociedad. Eso, a su vez, podría concentrar el ingreso aún más. Los factores tecnológicos, fiscales, financieros y políticos que crearon esta dinámica aún se encuentran en acción.

Cooperación para una economía mundial más integrada

El futuro de la economía mundial dependerá en gran medida de la interacción entre la relevancia que adquieran muchas grandes economías emergentes y en desarrollo, la creciente interdependencia entre los países, y la ampliación de la brecha entre el extremo superior e inferior de la distribución del ingreso, tanto a nivel nacional como internacional. Estas tendencias tienen implicaciones políticas, sociales y geoestratégicas determinantes para el debate sobre las futuras políticas.

Primero, la importancia cada vez mayor de las economías emergentes y en desarrollo debe verse reflejada en la estructura de gobierno de las instituciones internacionales; de eso dependen su legitimidad y eficacia. La interdependencia mundial exige una cooperación más estrecha dentro de un marco institucional que refleje el creciente peso de las economías emergentes y en desarrollo. Segundo, el ciclo económico mundial descrito arriba y los efectos de contagio, documentados recientemente por el FMI, requieren la coordinación de las políticas macroeconómicas. Por último, las tendencias potencialmente desestabilizantes de la distribución del ingreso requieren una coordinación similar de las políticas a nivel internacional, sin la cual será difícil implementar políticas redistributivas dentro de cada país. Las bases y las tasas tributarias deben estar armonizadas al menos en cierta medida; se deben reducir todo lo posible las oportunidades de elusión fiscal; y las políticas migratorias deben gestionarse teniendo en cuenta los intereses de los países tanto de origen como de destino. Por último, la asistencia a los países más pobres sigue siendo una necesidad tanto ética como política.

El mundo del futuro será cada vez más multipolar e interdependiente, y los mercados mundiales ofrecen la posibilidad de un progreso económico rápido. Aprovechar o no este potencial quizá dependa en gran medida de que la cooperación internacional logre mejorar la eficacia de las políticas macroeconómicas nacionales, teniendo en cuenta sus efectos de contagio, y promover el equilibrio y la equidad en la distribución de los frutos del crecimiento.

Kemal Derviş es Vicepresidente y Director de Economía y Desarrollo Mundial de la Brookings Institution.

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